Al otro lado del espejo

Publicado por Alexandra Buonarroti , sábado, 15 de octubre de 2011 23:20

El día despertó como cualquier otro. El Sol brillaba tras las nubes cuando abrí la ventana para dejarlo entrar. Me estiré y me aparté de la ventana. Me senté en el pupitre, mojé mi pluma en tinta y continué escribiendo. Recuerdo que, como cada día, pasé horas sentada al escritorio, hasta que mi cuerpo empezó a resentirse. Me levanté y me senté en la cama, frente al espejo, un gran espejo de cuerpo entero, a través del cual podía ver toda mi habitación. Me tapé la cara con las manos, suspirando. Llevaba meses sin salir de mi habitación, encerrada entre esas cuatro paredes de forma voluntaria, intentando olvidar, aislarme del mundo. Miré al techo, tratando de no pensar en todo lo ocurrido, en la sangre, las flores, los cipreses, las letras de plata. Cerré los ojos y me levanté de la cama, acercándome al espejo. Miré mi sonrisa rota, mi despeinado pelo, mis apagados ojos.


-Hola –dije a la chica del otro lado del espejo, viendo como se movía su boca para articular la palabra al mismo tiempo que yo.
La miré. Estaba triste. Yo también lo estaba. Apoyé una mano en el espejo, juntándola con la suya. Y entonces, una lágrima resbaló por su mejilla. Aparté la mano del espejo y toqué mi mejilla. No había ninguna lágrima. La miré, asustada, completamente asustada, y comprobé que su mano aún estaba en el espejo, la lágrima aún corriendo por su mejilla, la expresión inalterada. Retrocedí sobre mis propios pasos, tropecé y caí al suelo, tratando de retroceder aun más. No podía creer lo que estaba sucediendo. Estaba aterrorizada.
Pobre de mí.
Me levanté, apresurada, decidida y quité la colcha de la cama como pude, con el pensamiento de tapar el espejo, completamente contrariada por lo que estaba viendo. Me acerqué despacio, con la colcha en la mano, mirando mi reflejo, un reflejo imposible. Cerró los ojos, y suspiró. Pude sentir mi corazón acelerándose, mis pulmones respirando demasiado rápido, un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Me acerqué y traté de ocultar el espejo bajo la colcha, inútilmente. Y pude ver claramente cómo sus labios se torcían en una sonrisa amarga y articulaban una palabra, una sola palabra que ni siquiera escuché, pero que me hizo estremecerme al tomar forma en mi mente: “Sálvame”.
Recuerdo que dejé la colcha tirada en el suelo y corrí a la puerta, no sé muy bien para qué. Jamás debí haberlo hecho. Al otro lado de la puerta no había nada. No era oscuridad, ni siquiera falta de algo, era simplemente nada. Volví corriendo ante el espejo, sin comprender nada, absolutamente nada, temblando, mirándola, desesperada.
-¡¿Quién eres?! –grité, sin saber si obtendría una respuesta, pasándome una mano por la frente perlada de sudor frío- ¡¿Qué eres tú, qué eres?!

Parpadeó lentamente, llevándose una mano al vientre, aun con la otra apoyada en el espejo, sin poder contener la sangre que se filtraba entre sus dedos. Agachó la cabeza, mirándose la mano cubierta de sangre, con los labios temblándole.
Retrocedí, tropezando con la colcha tirada en el suelo, enredándome. Traté de mantenerme en pie, pero no pude evitar caer contra el espejo. Lo oí romperse en mil pedazos y abrí los ojos en el suelo. Me levanté rápidamente, y me dirigí hacia la puerta. Un largo pasillo se abría al otro lado y me sorprendí tanto que volví a cerrar la puerta y volví frente al espejo, intacto.
-Me estoy volviendo loca – pensé en voz alta, agarrándome la cabeza con las manos, y sentándome en la cama.
Y lo recordé. Recordé la sangre, las flores, los cipreses, las letras de plata. Miré al techo tratando de no pensar en ello. Cerré los ojos y me levanté acercándome de nuevo al espejo. Mi reflejo volvía a ser el de siempre. Miré mi sonrisa rota, mi despeinado pelo, mis apagados ojos.
-Hola- le dije, algo aliviada por ver que toda la locura anterior había terminado.
En ese preciso instante, no antes ni después, algo dentro de mi cabeza encajó y todo cobró sentido. Supe con toda certeza lo que estaba a punto de ocurrir. Apoyamos una mano en el espejo. Una lágrima resbaló por mi mejilla. La chica del otro lado puso su mano  en la mejilla. No había ninguna lágrima en su rostro. Se asustó y retrocedió, tropezando y cayendo. Se levantó y quitó la colcha de la cama, acercándose lentamente al espejo con ella en las manos. Cerré los ojos y suspiré. Trató de ocultar el espejo tras la colcha. Mis labios dibujaron una sonrisa amarga y articulé la palabra que ella vería en mis labios: “Sálvame”.
Tiró la colcha al suelo y abrió la puerta. Supe que al otro lado no vería nada, porque no podía haberlo, no fuera del alcance del espejo. Regresó frente a mí y comenzó, como ya sabía que haría, a gritarme.
-¡¿Quién eres?! ¡¿Qué eres tú, qué eres?!
“Yo soy tú”, pensé. “Y tú eres yo”. No pronuncié palabra, no era necesario.
Recordé entonces el sonido de los cristales rotos al caerme contra él. Sentí un pinchazo en el vientre. Parpadeé lentamente y me llevé una mano hacia el lugar donde me dolía. Ella me miró. La sangre comenzó a filtrarse por entre mis dedos. Se asustó, y retrocedió. Sus pies se enredaron con la colcha abandonada en el suelo. Cayó sobre el espejo. Miré mi vientre. No sangraba, no dolía. Parpadeé fuerte, sin comprender. Oí  el espejo romperse en mil pedazos y me cubrí el rostro, sin tiempo para alejarme de él. Los fragmentos de cristal saltaron, cayendo sobre mí. Uno de ellos saltó, incrustándose en mi vientre, que comenzó a sangrar. Miré al frente. La pared lisa y vacía era lo único que se podía ver donde antes estaba el espejo.
Agaché la cabeza, empezando a marearme, y vi la sangre corriendo. Saqué el cristal de un tirón, evitando gritar a pesar del dolor. Cerré los ojos, cayendo al suelo. No tardé mucho en perder completamente el sentido. Nunca pude saber si la realidad era esa o si se encontraba al otro lado del espejo.


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