Nunca lo haré

Publicado por Alexandra Buonarroti , domingo, 16 de octubre de 2011 0:51

Después de cerrar los ojos aquella noche, comencé a olvidarlo todo. Olvidé una dulce sonrisa, el sonido de un llanto, olvidé el tacto del terciopelo, el olor del rocío, olvidé el calor, olvidé el frío, olvidé lo que había olvidado. Y comencé a caminar, por un camino sin final, un desierto baldío, falto de todo, lleno de nada. Pero no me importó.


Un paso tras otro, empecé a andar sin rumbo, sin una meta fija, no me importaba nada, no sabía nada ya.


-¿A dónde vas? –escuché una voz, a mis espaldas. Me di la vuelta. Nadie.
Di un paso más.
-¿Quién eres? –escuché la misma voz, susurrando en mi oído. Miré por el rabillo del ojo. Nadie.
<<¿Estoy loca?>>, pensé.
-¿Lo estás? –preguntó de nuevo la misma voz.
Paré y giré sobre mí misma, mirando a todas partes, sin ver nada alrededor.
Me percaté entonces de que mi campo de visión se había reducido. Me froté los ojos. No era una ilusión. Todo se estaba oscureciendo. Apenas podía ver el camino a un par de metros de mí.
<<¿Dónde estoy?>>, pensé, comenzando a asustarme. La oscuridad cada vez estaba más cerca, me sentía atrapada.
-Calma –me dijo de nuevo la voz de la nada.
-¿Quién eres? –pregunté, en voz alta. Jamás debí haber hablado. Todo pareció cobrar algo más de sentido. No mucho, pero algo. La voz de la nada era mi voz. ¿Cómo podía haberla olvidado?
-¿Necesita decirse? –respondió.
No respondí. Observé, la oscuridad me rodeaba, no veía nada más allá de mis pies. Iba a tragarme.
-No –pedí-. No…
-Cierra los ojos –dijo la nada, en tono neutral. No fui capaz de relatar. Cerré los ojos inmediatamente, paralizada. Sentí una punzada en la sien y me la tapé con la mano. Una imagen me cruzó la mente. Una sonrisa, una muy bella sonrisa. Cualquiera habría respondido a ella de la misma forma, pero yo sentí tristeza, y dolor. Un dolor que me hincó de rodillas en el suelo, literalmente. Pensé en abrir los ojos. Dolía tanto.
-No –dijo la voz, de nuevo-. Tiene que doler.
Dolía demasiado, una simple sonrisa. Oí una voz, risueña, alegre, repitiendo un nombre una y otra vez. Pero el sentimiento de esa voz cambiaba tanto. Alegría, entusiasmo, duda, tristeza, añoranza, alegría, entusiasmo, tristeza, duda, entusiasmo, añoranza, desolación. Lloraba. Llamaba una y otra vez, llorando. Y cada vez dolía más. Traté de levantarme. No pude. La voz se lamentaba, lloraba, suplicaba, una y otra vez.
-Duele… -supliqué a la nada que me dejara ir. Traté de abrir los ojos, pero no pude. Me encogí sobre mí misma. No aguantaba más. Quería gritar, olvidar. Y ni siquiera comprendía qué estaba pasando. Me sentí caer en el suelo, pero no podía sentir en mis manos el tacto de éste.
Lo único que podía sentir eran las lágrimas que rodaban por mis mejillas, frías y cálidas al mismo tiempo, llenas de amargura, culpabilidad, anhelo. ¿Por qué no podía recordar? ¿Acaso era mejor no recordar?
Intenté apretar los puños y la mandíbula, aguantar, pero no sabía si lo estaba haciendo. No podía sentir nada más que el dolor y las lágrimas. Y vi su cara, sus manos tratando de enjugar sus lágrimas. Su sonrisa había desaparecido. Deseé volver a verla. Sus labios repetían una y otra vez ese nombre, entre lamentos.
-¡No! –grité, desesperada. No aguantaba más. Necesitaba esa sonrisa.
Abrí los ojos. Estaba de pie, aunque no sabía cómo había acabado así. Todo estaba oscuro, pero ahora podía ver. De cada milímetro de mi cuerpo surgía una débil luz dorada, que iluminaba alrededor lo suficiente para poder avanzar, con decisión, en una dirección concreta.
Su voz se oía cada vez más, alto y claro, siempre suplicando, siempre lamentándose, siempre llamando, siempre el mismo nombre. Continué avanzando. La voz sonaba justo ante mí. Me paré, y agité un brazo ante mí. Un destello de mi propia luz me dejó ver una silueta agazapada a mis pies.
Me agaché, aún llorando, parpadeando fuerte, y le miré. Era él, lo era. Pero no recordaba quién. No recordaba su nombre, ni por qué me dolía tanto verle así.
-¿Por qué lloras? –conseguí preguntar, entre espamos- ¿A quién llamas?
-Por ti y a ti –sonó su voz. Pero él no se había movido, sus labios seguían repitiendo una y otra vez el mismo nombre, su voz ahora silenciada. Miré de nuevo a todas partes. Nadie.
-No entiendo –continué, esperando una respuesta, no sabía muy bien de quién.
-Le abandonaste –dijo mi voz-. Le dejaste solo, aquí, en la oscuridad.
-¡No! –grité, y me levanté precipitadamente. Un dolor en las costillas me hizo doblarme por la mitad. Miré su figura, tan pequeña, agazapada como un niño pequeño, solo, asustado. ¿Cómo podía haber hecho eso? No podía.
-Sí lo hiciste –sonó su voz, al igual que hacía la mía, proveniente de la nada-. Te suplicó que regresaras, lamentó tu partida una y otra vez, te estuvo llamando desde la oscuridad para que iluminaras su camino, pero no lo hiciste. Le abandonaste.
-¡Yo jamás haría algo así! –caí de nuevo al suelo, de rodillas, frente a él, llorando, recordando. Miles de imágenes comenzaron a cruzar mi mente. Dolía como no había dolido nunca. Una sonrisa, un adiós, lágrimas, una promesa rota.
-Lo hiciste –dijo mi voz.
-Sí, lo hiciste –dijo su voz, en un reproche.
-Lo siento… -le dije a la pequeña figura agazapada en el suelo-. Lo siento tanto…
Levantó la cabeza, entre lloriqueos, como si me oyera por primera vez desde que había llegado.
-¿Eres tú? –llamó, dudando-. ¿Estás aquí?
Parecía tan indefenso, tan frágil, tan triste.
-No puede verte –explicó mi voz.
-No tiene luz –continuó la suya.
-Soy yo –respondí-. Estoy aquí.
-¿Por qué? –sollozó, mirando a través de mí. Lloré aún más-. ¿Por qué te fuiste?
No me atrevía a tocarle. No entendía cómo había podido hacerle eso.
-No lo sé… -fue lo único que pude responder-. Pero estoy aquí, contigo.
-¿Para siempre? –dudó, algo más tranquilo, aún sin poder ver nada.
-Para siempre –respondí, abrazándolo-. Esta vez sí.
Cerré los ojos, estaba empezando a recordar, tantas risas, tantos juegos, tantos momentos divertidos, tantas sonrisas entre lágrimas que acaban, tantos buenos momentos.
<<Jamás debí olvidar>>, pensé. <<Jamás debí dejarte>>.
Cuando abrí los ojos, él brillaba, más incluso de lo que brillaba yo. Estaba sorprendido, pero sonreía. Sonreí.
-Has sonreído –dijo, bromista, risueño.
-¿Cómo no sonreír si sonríes tú? –me reí, levantándome y ayudándole a levantarse.
Se quedo de pie a mi lado, mirando al frente, como perdido.
-No te vayas –me dijo, sin mirarme, pensativo.
-Nunca lo haré –respondí, comenzando a caminar, agarrándole de la mano, para que pueda seguirme.
-¿A dónde vamos? –preguntó.
-¿Qué más da? Estás sonriendo.
Sentí una convulsión en todo mi cuerpo. Cerré los ojos. Podía oír su voz, llamándome de nuevo. Abrí los ojos. Estaba en mi cama, y él me zarandeaba para que despertara. Aún sonreía. Me dejé caer en la cama, más relajada. Me miró, extrañado, sin saber qué pasaba.
-¿Qué pasa? –preguntó, preocupado- ¿Estás bien?
Asentí, llevándome las manos a la cabeza y suspirando. Se sentó en el borde de mi cama, con una gran sonrisa.
-Nunca dejes de sonreír, ¿de acuerdo? –le pedí, mirando al techo, recordando todo lo que había soñado.
-Nunca lo haré –respondió, sonriendo aún más.
Cerré los ojos una vez más y cruzó por mi mente la imagen de su sonrisa, una vez más.
-No la olvides nunca –me dijo mi voz, desde la nada.
<<Nunca lo haré>>

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