Tu sangre

Publicado por Alexandra Buonarroti , domingo, 16 de octubre de 2011 23:37

Abrí los ojos en la más completa oscuridad, sólo un pequeño claro de luz artificial proveniente de todos sitios y de ninguno. Una silueta estaba agachada en el suelo, la cabeza gacha, el pelo cayéndole en cascadas sobre los hombros, dejando el rostro y gran parte del cuerpo en penumbra. Di un paso en dirección a ella. El sonido de mi pisada retumbó en todas partes, como si de un recinto cerrado se tratara. Continúe avanzando. Solo se oían mis pisadas y el latido de mi corazón, resonando en todas partes, como un eco perdido.

Entré despacio, en silencio, en el círculo de luz. No quise preguntarme de dónde provenía ésta. Llegué frente a ella y me agaché con cuidado de no tocarla. No se movió un ápice. Parecía que no hubiera notado mi presencia. Bajé un poco la cabeza tratando de ver su rostro.


Con movimientos mecanizados, a tirones, como si le fuera la vida en ello, empezó a levantar la cabeza. Vi que tenía  las dos manos apoyadas en el vientre. Le miré a la cara. Era como mirarse en un espejo. Un hilo de sangre resbalaba de la comisura de sus labios, los ojos hundidos enmarcados en ojeras de aspecto enfermizo. No podía creer lo que estaba viendo.

Sonrió. Pero era una sonrisa, macabra, perversa, amarga. La miré sorprendida, preocupada. Estiré una mano hacia su vientre. No tuve tiempo siquiera a reaccionar. Sentí un penetrante dolor, una indescriptible sensación de vacío en mi interior, y un nudo en la garganta que me hizo toser y escupir un hilo de sangre. Miré hacia abajo y vi sus ensangrentadas manos sujetando con fuerza el cuchillo y clavándolo en mi piel. Su sonrisa me dejó ver sus ensangrentados dientes. Se moría.

Apreté mis manos alrededor de las suyas, sosteniendo entre ambas el cuchillo que me arrebataba poco a poco a mí también la vida.

-¿Por qué me haces esto? –pregunté, mirándola a los ojos, mirando a mis ojos. Notaba el sabor a sangre- ¿Qué quieres?

-Tu sangre –respondió ella, soltando el cuchillo y levantándose trabajosamente, tosiendo, escupiendo sangre, renqueando, emitiendo leves quejidos.

Me dio la espalda, y comenzó a caminar, cojeando, en dirección a la oscuridad. Mi vista comenzó a nublarse. Parpadeé fuertemente un par de veces. Me estaba mareando. Continué mirándola hasta que desapareció en la oscuridad. Agaché la cabeza. El latido de mi corazón parecía un reloj, un macabro reloj que marcaba sin cesar los segundos que faltaban para el final.

Juré que si volvía a verla, el cuchillo que atravesaba mis entrañas haría correr su sangre. Cerré los ojos, no me quedaban fuerzas. Caí en la inconsciencia.
No sabría decir cuánto pasó hasta que abrí los ojos de nuevo, fatigada, al sonido de unos pasos indecisos. No me sentía con fuerzas de levantar la cabeza. Sabía que pronto acabaría todo para mí. Y, a pesar de que nunca había tenido en estima tales sentimientos, no podía evitar culpar a aquella que con mis rasgos, mi voz y mi aspecto, me había arrebatado tan cruelmente la vida. Sentía la irrefrenable necesidad de vengarme, de verla morir ante mis ojos, de ver derramarse su sangre, su maldita y cruel sangre. De saber que si yo moría por su culpa, ella también lo haría.
Los pasos pararon ante mí. No tenía fuerzas para moverme ni un ápice. Sentí el calor de un cuerpo cerca y vi una cabeza agachándose para mirarme. Reuní las fuerzas que me quedaban y traté de alzar la cabeza. Me miró sorprendida. Sonreí. Era ella. La venganza estaba cerca.
La preocupación y la sorpresa se reflejaban en sus rasgos, intachables. “Es extraño verte a ti misma muriendo ante tus ojos, ¿verdad?”, pensé. Moví los dedos alrededor de la empuñadura del cuchillo. Ya saboreaba la venganza. Estiró una mano hacia mí. Pobre insensata, pobre ignorante.
Fui rápida, más de lo que creí poder ser en mi estado. Arranqué sin lamentación alguna la fría hoja que me atravesaba y se la clavé, con todas mis fuerzas y más. La hoja no era visible ahora, incrustada hasta el borde de la empuñadura. Sonreí, sintiendo aún más el sabor de la sangre en mi boca.
Tosió. Un hilo de sangre resbaló por la comisura de sus labios. Rodeó mis manos con las suyas, sin creer aún lo que le había hecho.
-¿Por qué me haces esto? –me preguntó, entre gorjeos y borbotones de sangre en la garganta- ¿Qué quieres de mi?
La miré, satisfecha.
-Tu sangre –respondí, levantándome trabajosamente, apoyando una mano en la gran herida abierta por el arma, tosiendo, caminando con dificultad.
Le di la espalda y comencé a caminar hacia la oscuridad, hacia la soledad. Me moría, y lo sabía, pero no dejaría que me viera morir. Al menos ahora me iría tranquila, porque me había vengado.
Me interné en la oscuridad y me dejé caer pesadamente sobre el suelo. Tosí, manchando el suelo de sangre oscura. Separé mis manos de la herida y, en la oscuridad, con los ojos cerrados, pinté un dibujo con mi propia sangre. Un reloj dando las doce en punto. Era la hora. Expiré.
Abrí los ojos en la más completa oscuridad, sólo un pequeño claro de luz artificial proveniente de todos sitios y de ninguno. Una silueta estaba agachada en el suelo, la cabeza gacha, el pelo cayéndole en cascadas sobre los hombros, dejando el rostro y gran parte del cuerpo en penumbra. Di un paso en dirección a ella. El sonido de mi pisada retumbó en todas partes, como si de un recinto cerrado se tratara. Continúe avanzando. Solo se oían mis pisadas y el latido de mi corazón, resonando en todas partes, como un eco perdido…

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