Una muerte literaria

Publicado por Alexandra Buonarroti , domingo, 16 de octubre de 2011 14:32


Dejé la obra maestra de Shakespeare sobre la cama. La historia de los amantes de Verona nunca me había dejando tan indiferente. Siempre solía derramar una lágrima por ellos, pensando en el infortunio que llevó a la muerte, a la tumba de piedra dura y fría, a aquellos que tan orgullosos y felices habían vivido.


Miré por la ventana. Las nubes lloraban, el Sol no quería asomar a una tarde de verano que acababa de empezar. Qué largas parecen las horas cuando no te queda nada, cuando ni la alegría ni la tristeza te acompañan, cuando la soledad, cansada y al fin aburrida, te abandona.



Observé mi reflejo en el espejo. Pálido, demacrado, sin vida. Unos ojos vidriosos y apagados, cual agujero negro en el espacio, me devolvieron una mirada arrastrada y sin fuerzas, sin energías.

Un libro llamó mi atención al caerse de la estantería. El Werther, de Goethe. Abrí por la última página. “No le acompañó sacerdote alguno”, leí. Cómo desearía poder, tal como hizo Werther sin el amor de su querida Lotte, morir.

Sería fácil, dulce, al fin la paz. Sonreí.

Me senté a la mesa y abrí mi libro, su libro, nuestro libro. “¿Por qué has de ser tú Romeo?”, se lamentó Julieta. ¿Por qué he de ser yo Julieta?, me lamenté.

Agarré la foto de Romeo, de mi Romeo, y la saqué de su marco. Por detrás, escribí con letra rápida y casi inteligible.

“Espero que me perdonéis” 

Justo al lado dejé las páginas de ambos autores. La muerte de Julieta se leía en una, la de Werther en otra.

Después vino la paz.

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