1492: Más allá de los océanos - Prólogo

Publicado por Alexandra Buonarroti , martes, 17 de abril de 2012 19:31

    Cerré el gran baúl que, en caso de ser descubierto, llevaría no solo a mi perdición sino a la de toda la expedición. El chirrido de la puerta del camarote me hizo saltar y volverme rápidamente, con gesto severo.
 
    -¡Capitán! -solicitó el segundo de a bordo, impaciente.
    -¡¿Qué quieres, Américo?! -traté de imitar la voz de mi marido- ¡¿Cuántas veces tengo que deciros que no entréis en mi camarote sin llamar a la puerta?!
    Sus ojos me escudriñaron por debajo del pañuelo que utilizaba para protegerse del Sol mientras trabajaba en la cubierta. Pedí a Dios que no me reconociera, aunque tenía más que consabido que él era el único capaz de darse cuenta del engaño.
    -¿Por qué llevas sus ropas? -inquirió, entrecerrando los ojos. Me recoloqué rápidamente toda la vestimenta y le miré, arqueando las cejas.
    -¿Qué haces con sus ropas, Isabella? -repitió, acercándose a mí contrariado. Di un paso atrás y recuperé la compostura justo antes de que sus manos me rozaran.
    -No soy Isabella -sentencié, apartándolo con una mano y avanzando hacia la cubierta-. Ya no.
    No se amedrentó y me siguió, cerrando la puerta antes de que pudiera salir afuera, y empujándome contra ella. Me acorraló entre sus brazos y posó su frente contra la mía, tratando de unir sus labios con los míos para hacerme perder la razón.
    -Suéltame -ordené, perdiendo la fuerza de mi voz y el intento de llevar sobre mis hombros el peso de la capitanía.
    Se separó de mí tan lentamente que el tiempo pareció detenerse y volver a rodar cuando ya estaba a su espalda, al borde de las lágrimas. No podía soportar aquella responsabilidad yo sola. Habíamos pasado tantas cosas juntos. ¿Por qué no? Él podría ayudarme a llevar aquella travesía a buen puerto.
    -Américo -suspiré, quitándome el sombrero de capitán y lanzándolo contra la mesa donde descansaba el diario de a bordo-. Ahora yo seré la capitana.
    No se movió de su lugar, ni le fue necesario pronunciar palabra para mostrar su sorpresa, pues sus ojos lo decían todo, mirando de un lado a otro en busca de su capitán, esperando que todo fuera tan solo una broma. Pero no lo era, y él ahora formaba parte del plan, del engaño que mantendría los barcos navegando en la dirección correcta, a favor del viento o en su contra.
    -¿Dónde está el capitán? -se enfureció, súbitamente, abalanzándose sobre mí en un intento desesperado por recibir la respuesta que solo yo podía darle. Un golpe contundente con el sencillo candelabro que había acabado en el suelo en una sacudida del barco me sirvió para deshacerme de él durante un rato. Arrastré su cuerpo inconsciente junto al gran baúl cerrado a cal y canto y recogí de encima de la mesa la llave de éste y del camarote, guardándolas en el escote.
    Afiancé el sombrero en mi cabeza y enmendé la ropa antes de salir con aire altanero a la cubierta. Era hora de sacar a aquellos marinos de la boca del lobo. Un par de golpes en el suelo con las grandes botas que ahora calzaba fueron suficiente para llamar su atención.
    -¡Izad las velas! -ordené, haciéndome oír sobre el estrépito de las olas y las corrientes que nos intentaban empujar hasta el fondo marino-. ¡Debemos avanzar contra el viento si queremos evitar que el mar nos engulla! ¡Id a las bodegas y subid aquí a esos maleantes gandules! ¡A los remos!
    Me apresuré en alcanzar el timón, agarrarlo con fuerza y dirigir la nave en dirección contraria, fuera del alcance de la furia de las aguas y el torbellino feroz que nos había arrebatado todo por cuanto habíamos partido de España. Pero no sería esa tripulación la que sucumbiera, no si tenían un capitán, no si estaba en mi mano impedirlo.
    -Señor Rodrigo -llamé al vigía entre el crepitar-. La Marigalante echará anclas al borde de este infernal agujero marino. No permita que La Pinta y La Niña sigan nuestros pasos hasta aquí.
    Rodrigo de Triana asintió, enviando señales a las otras dos embarcaciones de nuestra expedición para que no se acercaran a nuestra posición. Mientras, yo me mantuve firme en mi lugar.
    “No podrás con nosotros, mar bravío del occidente. Con otros quizá, pero no con nosotros”.

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