Guerra entre recuerdos

Publicado por Alexandra Buonarroti , martes, 9 de abril de 2013 21:13

-¡Corre! -gritó, pero su voz quedó silenciada bajo el ensordecedor estallido de una granada de mano lanzada por el enemigo. La cercanía de la explosión le empujó de cara contra el suelo, quebrándose su máscara de gas. Se la quitó lo más rápido que pudo, tratando de recuperar el equilibrio mientras un fuerte pitido mermaba su capacidad auditiva.

    -¡Chico! -llamó, tanteando el suelo con las manos, buscando una fuerza que no tenía para levantarse y seguir luchando.
    No podía ver más que siluetas ni escuchar más que los quejidos de sus compañeros. Buscaba entre la polvareda unos cabellos ahora grisáceos que, antes de haber sido enterrados entre suciedad y miedo, habían sido del rojo intenso de una fogata ardiendo en el frío silencio de la noche. La tierra tembló bajo su cuerpo con la inminencia de un nuevo ataque. Entre temblores y sacudidas consiguió ponerse en pie, a duras penas, y avanzar entre la polvareda. Tosía descontroladamente y agitaba las manos en vano tratando de encontrar sano y salvo al chico.
    Cuando poco después la polvareda empezó a disiparse y los ojos azules inyectados en sangre fueron capaces de poner nombre a las siluetas que se dibujaban a su alrededor, sintió clavarse en su nuca los numerosos ojos enemigos que los habían estado acechando durante días. Estaban bajo su mira, indefensos y sin posibilidad de escapar. Pensó en correr, en huir, en suplicar, pero sabía con total certeza que nada de eso le mantendría con vida más que unos segundos.
    Recordó a su esposa, a sus dos hijos que esperaban allá muy lejos, al otro lado del charco. Agradeció a Dios que no tuvieran que sufrir aquella guerra, aquella pobreza y aquel hambre, la desesperación y la desesperanza que todos ellos habían visto y vivido desde que pusieron un pie en Europa. Aquella no era su guerra, no era la guerra de su patria, pero lo había entendido demasiado tarde para echarse atrás y volver a casa. Dedicó un sentido pensamiento al chico que le había acompañado durante el viaje, que le había hecho más fácil el vacío que sentía, que había sido como un hijo, y pidió que se acabaran para él la pobreza y el hambre, la desesperación y la desesperanza. Era demasiado joven para sufrir tanto como ya había sufrido.  
    No pudo entender las órdenes de los enemigos, ni le hacía falta para saber que había llegado su fin. Pronto la tierra se bañó de la sangre de sus camaradas, el aire se llenó de sus gritos de dolor.
    Solo derramó una lágrima cuando sintió aquel intenso frío atravesándole el pecho, no gritó ni se revolvió cuando perdió el control de su cuerpo. No maldijo a sus asesinos con sus escasas fuerzas, ni deseó su derrota. Solo deseó haber podido ver una vez más a su familia, decirles que murió por ellos, para asegurarles un futuro en el que no hubiera más muertes en vano por guerras sin sentido, un futuro en el que pudieran estar a salvo.
    En el fragor de la batalla, o más bien de la matanza, pudo distinguir aquellos cabellos rojo fuego, aún con vida, aún a salvo. Entonces y solo entonces cerró los ojos, gastando entre recuerdos su último aliento. La guerra había acabado para él.

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