La muerte de la soledad

Publicado por Alexandra Buonarroti , domingo, 16 de octubre de 2011 2:06

¿Alguna vez te has sentido tan solo que ni siquiera tu propia sombra está a tu lado? Yo sí ¿Alguna vez has llorado tanto que te has quedado sin lágrimas? Yo sí ¿Alguna vez has deseado morir? Yo sí.


Lo que pretendo contar es algo simple. No pretendo inspirar pena o compasión, solo mostrar la realidad. Una realidad no del todo feliz con un final brusco. Es la historia de una chica cuya única amiga era la soledad, la inseparable compañera de muchos de los seres humanos. Pero su soledad no tenía descanso, ni fin. Esa chica, hundida en el profundo abismo de la inconmensurable tristeza, pasaba las horas sentada en un escritorio, escribiendo su fin. Y es que cuando, como ella, estás tan solo que ni tu propia sombra quiere permanecer a tu lado, es hora de pensar sobre la vida, y la muerte.


Junto a ella había un espejo. La chica del otro lado parecía envejecer años cada día. Lágrimas perladas decoraban siempre su rostro, tan demacrado que sus facciones apenas eran reconocibles. Sus ojos una vez fueron marrones líquidos, ahora son vidriosos, tan acostumbrados al llanto que la luz apenas se reflejaba en ellos, y parecían negros.


Su mente no era como las demás. Ella jamás se había detenido en nimiedades. Deseaba alcanzar lo supremo, la verdad. Reflexionaba sobre el sentido de la vida y el fin de esta. Siempre le preocupó el destino y cómo este mueve los hilos de vida y te arrastra irremediablemente hacia uno u otro lugar. Pero lo que nunca comprendió era el por qué de que la gente se asiera con tanta fuerza a la vida, aun cuando sabía que le había llegado su hora. Todos temían a la muerte, todos menos ella. Porque ella no quería aferrarse a la vida. Porque ella quería morir.


Te preguntarás entonces por qué no acabó con su vida. Sencillo. Porque antes necesitaba obtener una respuesta a su pregunta.

Dedicó meses a reflexionar sobre ello. Observó a diferentes personas, en diferentes situaciones, y todas y cada una de ellas deseaban vivir por encima de todo lo demás.

Dos meses antes de lo que te voy a contar, ella conoció a un chico joven al que acababan de diagnosticarle un cáncer terminal en un estado muy avanzado. Le quedaba muy poco. Era la situación perfecta para ella, para obtener la respuesta que ansiaba. La respuesta que le dio el chico a la pregunta de por qué deseaba vivir fue que no quería que su familia sufriera su pérdida. Tenía seres queridos, que le echarían de menos cuando él no estuviera. Por eso, cada instante que su muerte estaba más cerca, él luchaba por seguir vivo. Evidentemente, no llegó a los dos meses de lucha. Y fue cierto que muchos le lloraron y le echaron de menos. Muchos sufrieron por su ausencia.

Ella había obtenido su respuesta. Eso era aplicable a cualquier persona. Todo aquel ser vivo que había atado su vida a la de otras personas no deseaba sufrir por su ausencia ni que el resto sufriera por él. Todos tenían  alguien a su lado que les quería, les amaba. Todos menos ella.

Entonces ella deseó morir aun con más fuerzas. Nadie la echaría de menos, porque nadie la amaba. Y ese era el motivo por el que había decidido terminar con su vida. Tenía dieciocho años ¿no crees que sufrió bastante en su vida? Yo sí.

No dejó ninguna nota de despedida, nadie habría para leerla. Tampoco lloró cuando se desangraba en el suelo de su habitación. Aunque realmente aún no lo sé.

Junto al cuerpo de la chica encontraron este texto, y como macabro fin, escrito en letras de sangre, rezaba: “Esa chica era yo”.

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