El ladrón de Londres

Publicado por Alexandra Buonarroti , sábado, 12 de mayo de 2012 16:24

 El Sol se escondía entre destellos naranjas y rojos más allá del horizonte cuando el Vengeance, uno de los pocos barcos mercantes de Nantucket, echó anclas en el puerto de Londres. La ciudad rebosaba vida, a pesar de que la noche se acercaba con su manto de oscuridad pálida y melancólica. A ambas orillas del Támesis, los barcos flotaban con la suave brisa y el leve movimiento de las aguas dulces, y las numerosas tabernas estaban llenas a rebosar y jubilosas entre cánticos marineros.
    -Timonel -el capitán fue franco y sereno, mientras guardaba entre sus pertenencias las cartas náuticas y demás instrumentos de precisión y sacaba su diario de a bordo-, lleve a la tripulación a la posada del Tuerto del Mar, allí podrán beber ron y divertirse un poco antes de zarpar de nuevo hacia América.
 
    -¿No nos acompañará usted, señor? -el timonel agarraba la puerta del camarote y los gritos del resto de la tripulación se oían nítidos y cercanos. Era común que celebraran la llegada a tierra firme. El capitán Scully tan solo negó con la cabeza y se enfrascó en su labor de cronista.
    Aun con la puerta cerrada, Scully pudo oír los zapateos y vítores de la reducida tripulación ante la noticia de que beberían del mejor ron y comerían en la mejor taberna de toda la margen del río. No eran muchos, pero habían demostrado ser fieles al capitán, a pesar de ser un forastero sin más posesión que el propio barco.
    El Vengeance era el orgullo de su capitán que, a solas en la ahora desierta cubierta, recordaba el largo viaje a través del Atlántico que había realizado sin más compañía que aquellas velas y aquellas cuerdas, esas maderas tan perfectas y preciosas que lo eran todo ahora. Recordó su entrada en el puerto de Sevilla, y el encuentro con Carlos Mena, su timonel. El puerto español le había previsto de la tripulación que ahora le seguía y que compartiría su destino, fuera cual fuera éste. La ciudad saludó al solitario capitán, en su solitario navío. El suave aire que movía las velas parecía venir cargado de pequeños y melancólicos recuerdos.
* * *
    La noche estaba muy entrada y el silencio reinaba en las calles cuando las dos figuras amparadas por la oscuridad avanzaron entre susurros. Las sombras de ambas parecían bailar en las paredes y calles empedradas, huyendo de la suave luz de los candiles, prendidos para iluminar la oscuridad y ahuyentar la delincuencia. Las rojizas y suaves llamas de estos candiles, titilaron temerosos ante la rápida huida de los desconocidos que callejeaban en busca de las sombras.
    -¿A dónde iremos? -las figuras se refugiaron en un escondido callejón, y parecían debatir, luchando contra lo que ellas mismas habían hecho.
    -Al puerto -respondió la segunda voz, mucho más tosca que la anterior, continuando con la sigilosa y serpenteante marcha en la oscuridad.
    Mientras se dirigía, segura de sí misma, al puerto, acercándose cada vez más a la zona de las tabernas, la otra figura paró en seco en mitad de la calle, iluminada profusamente. La luz, que antes huía asustada de las sombras desconocidas, parecían regocijarse lamiendo los bordes de la silueta femenina, mostrándola a los ojos de su acompañante.
    -¿No estarás pensando en embarcar, verdad? -dudó, caminando bajo la luz para mostrar la congoja que se reflejaba en sus delicados rasgos. El silencio de la ciudad dormida pareció crear una cama reconfortante donde la duda descansó hasta encontrar su respuesta en los labios ajenos.
    -Es la única solución -la segunda figura salió a la luz, de mucho mayor edad y de rostro más rudo que el de porcelana, pero aún así, claramente femenino y débil. Avanzó hasta la joven y la agarró de los hombros- ¿O es que prefieres quedarte en casa de tus padres y casarte con ese anciano adinerado que no hará más que babearte cada noche a cambio de comprarte un vestido bonito a final de semana?
    La joven muchacha clavó sus ojos en el fuego titilante del candil que le iluminaba los rasgos rosados y perfectamente delineados de sus más de quince primaveras. Negó con la cabeza, suavemente y luchando contra la lágrima que pugnaba por salir por entre sus pestañas pintadas con esmero en el lienzo de sus ojos.
    -Señorita -la ama de llaves, con más conocimiento del mundo aunque de clase mucho más baja que la hija de los Crave, afotunados en los negocios, sacó de entre las pocas pertenencias que habían recuperado de la casa familiar las ropas del hijo mayor, embarcado en un mercante desde hacía más de dos años-, póngase estas ropas de su hermano.
    Ambas regresaron al estrecho y escasamente iluminado callejón, donde compartieron las ropas robadas.
* * *
    La madera de la recién limpia cubierta crujió a espaldas del capitán. Su hoja brilló a la luz de la Luna, centelleando como los rayos del Sol ecuatorial sobre las olas serenas del inmenso océano cuando giró sobre sus talones para enfrentar al intruso que había osado pisar su barco. El tintinar y rechinar de ambas hojas entrechocando y resbalando la una contra la otra rompió la calma de la noche.
    -No debería bajar la guardia, capitán -le sonrió Carlos Mena, guardando su acero y cruzándose de brazos.
    -Te dije que fueras con la tripulación -fue la seca y cortante respuesta, escondiendo también su brillante hoja, dándole la espalda y clavando sus fieros ojos en las tranquilas aguas del Támesis.
    El timonel se paseó airadamente por la cubierta del buque, haciendo resonar a posta las botas sobre la madera. El silencio era una conversación secundaria que transcurría dentro de ambas mentes. El capitán estaba lejos de allí, muy lejos, más allá del océano, en las tierras de la libertad. El timonel regresó al hogar de su madre, escondido en las más remotas márgenes del África occidental. La sangre y la pérdida ocupaban ambas mentes.
    -Creí que le interesaría saber que van a ejecutar esta noche al famoso huido de la ley John Steal -rompió al fin el incómodo silencio el timonel Mena, aún con la vista perdida más allá de las velas del barco, del río, de la ciudad de Londres, y de John Steal.
    -¿El famoso ladrón perseguido por la justicia? -se interesó al fin el capitán, volviendo también en sí.      
    El español tan solo asintió. Los ojos de color pardo oscuro se clavaron en su capitán. En otra circunstancia no habría confiado su vida a un desconocido como aquel americano, pero aquel navío, el Vengeance, decía ser su destino, y lo supo con solo verlo atracar en el puerto de Sevilla.
    -A la medianoche será ajusticiado en la horca, señor -añadió, dando un leve punteo en el suelo, observando sus zapatos con una curiosidad inusitada e inexplicable.
    El capitán pareció pensarlo durante unos instantes y después se apresuró dentro de su cabina, saliendo de nuevo armado hasta los dientes.
    -Yo me ocuparé de traer a Steal ¿Crees que los grumetes y tú podréis distraer a los verdugos? -se volvió a medio camino entre la cubierta y tierra firme, sobre la pasarela colocada al atracar.
    -¿Quién cuidará el barco, capitán? -fue la preocupación del timonel, que el otro interpretó como una afirmativa respuesta a su pregunta.
    -El Vengeance no necesita que nadie lo cuide, señor Mena -sonrió el capitán-. El barco no corre peligro.
    La silueta armada se fundió entre las sombras de la ciudad, entre los cánticos provenientes de las posadas, donde decenas de marineros celebraran pisar al fin tierra firme, bebiendo ron hasta perder la conciencia. El timonel Mena entró en la posada del Tuerto del Mar al tiempo que el capitán del Vengeance se adentraba en las putrefactas y solitarias calles de Londres.
* * *
    Joanne Crave, sus atributos femeninos escondidos entre las ropas de su hermano Albert, pasó entre la multitud de marineros borrachos que salieron de la taberna más cercana al puente como uno más de ellos. Tras ella, su ama de llaves terminaba de esconder sus rizos bajo un pañuelo de color canela. Aquellos escandalosos viajeros del mar estaban tan ebrios que ni siquiera repararon en ellas y siguieron su camino hacia el interior de la ciudad entre vítores y bailes descordinados.
    -¿Son así todos los hombres de la mar? -Joanne se había quedado sin palabras al contemplar la vulgaridad de aquellos hombres, reflejando un terrible malestar que compungía sus facciones generalmente inalterables. La señorita Parker rió abiertamente, dando a entender que así era, mientras recolocaba la vestimenta algo raída por el desuso de su señora y echaba un vistazo a los barcos cercanos. Eran varios los allí atracados pero uno, solo uno, llamó su atención. A diferencia del resto, ese barco parecía tener vida propia, el sonido del viento contra sus velas y mástiles parecía cantar a la Luna enamorada de su belleza y el movimiento rítmico y constante de toda su estructura, a pesar de la quietud de las aguas, parecía ser un baile planeado y practicado como cortejo para atraer a los marineros. Aquel barco, sirena del mar anclada en el río, parecía llamar a Parker entre quejidos y lamentos silenciosos. Como hechizada, sus pasos la condujeron inevitablemente atravesando la calle y haciendo crujir las suaves maderas de la pasarela tendida.
    -Leandra -la llamó entre susurros Joanne, caminando tras ella con sigilo, observando cada rincón con cuidado de que alguien pudiera aparecer en cualquier momento.
    Pero Parker ya andaba sobre la cubierta y paseaba su vista, regocijándose, por cada rincón del barco. La joven Crave tuvo que llegar hasta ella, muy a su pesar, y sacudirla para hacerla volver a la realidad.
    -¿Qué haces, Leandra? -le reprochó, en susurros, mirando atrás por encima de su hombro.
    -Este barco, señorita Joanne, debemos embarcar en esta tripulación.
    Los ojos de la señorita Parker, una mujer modesta y de baja clase que, en aquel barco que la llamaba había encontrado la que creía era su salvación, brillaban con el influjo de las estrellas.
* * *
    La gente se agolpaba en la plaza, ante la horca aún vacía donde pronto debía expirar el buscado ladrón de Londres, John Steal. La quietud de la ciudad se rompía en aquel céntrico lugar, donde los verdugos esperaban a que los guardias trajeran al condenado. Un grupo de marineros considerablemente bebido irrumpió en la plaza cantando y bailando, entre empujones, risotadas y choque de botellas. El timonel Mena pasó entre las gentes que se santiguaban, comentando que al fin la justicia había atrapado al ladrón que no dejaba de robar el pan y la fruta de los mercados. El español sonrió amargamente. Pan y fruta. Condenaban a ese desgraciado por robar pan y fruta. ¿Y ese era el gran ladrón que tenía en jaque a los guardias ingleses?
    En una de las oscuras callejas de alrededor, Scully esperaba agazapado la aparición del prisionero, acariciando con malicia una de las hojas, su favorita de entre todas las demás, regalo de su padre antes de embarcarse en su último viaje. Esperaba la señal de Mena para salir de su escondite.
    Un gran alboroto le indicó que el timonel había cumplido con su parte y que la gran mayoría de los asistentes a la próxima ejecución se enzarzaban en una pugna. La adicción al vodka de uno de sus grumetes debía ser el cebo que provocara la trifulca y el desorden. Las luces de las casas cercanas se encendieron una tras otra y los molestos vecinos se asomaron a las ventanas cercanas, arrojando cubos de agua sucia y demás desperdicios, algunos incluso bajando en ropa de dormir para inmiscuirse en la pelea. Los puñetazos volaban de un lado a otro de la plaza, y las señoras cotillas que juzgaban la moralidad del sentenciado pronto estuvieron corriendo para refugiarse en los callejones cercanos. Las botellas de alcohol se estrellaban contra las cabezas ajenas y uno de los tripulantes del Vengeance resultó herido en el revuelo.
    Los guardias irrumpieron en la pequeña plaza, escenario de una terrible trifulca sin sentido, dejando al prisionero al cargo de un solo guardia. El acero de Scully refulgió y pareció rugir satisfecho con la sangre derramada del inglés. Entre las sombras, John Steal fue liberado de sus ataduras y acallado por la mano del capitán.
    -Ya me darás las gracias luego -lo escondió, y asomó una hoja de empuñadura adornada con gemas en la esquina del callejón. El brillo de la Luna reflejado en el acero era la señal que Carlos Mena esperaba escondido, a salvo de los puñetazos y las botellas que golpeaban sin ton ni son a cualquiera que irrumpía en la plaza, incluyendo por supuesto a verdugos y guardias.
    El ajetreo, los gritos y los golpes, así como las continuas quejas de los ciudadanos afectados por el alboroto, fueron acallados por el silbido que retumbó en las paredes de piedra. Todos los ojos se clavaron en el timonel del Vengeance, que caminó airado e imponente entre los maleantes.
    -Señores -se dirigió a los guardias, que ante la pose del timonel parecían tan asustados como el resto-, estos de aquí son mi tripulación.
    Los ojos pardos del español se clavaron en los tres pares de ojos que, cabizbajos, se separaron de la multitud y caminaron junto a su timonel. Había sido necesario arrastrar más marineros ebrios para que el plan funcionara, pero esos no eran responsabilidad suya.
    -Vosotros tres -dio un punteo en el suelo con los brazos cruzados ante el pecho-, os quiero en cubierta en cinco minutos, preparándolo todo para zarpar.
    Leves murmullos se elevaron procedentes de los marineros aludidos, pero ninguno se atrevió a elevar la voz ni mirar siquiera a Mena a la cara.
    Uno tras otro, la sobriedad recuperada al instante al parecer, pasaron junto a su superior, enfilando el camino hacia el puerto. El resto de la plaza aún permanecía en silencio, mirando de arriba a abajo al marinero recién llegado, tal como si pudieran atravesarle la carne tan solo con sus ojos.
    -Siento las molestias que esos gandules hayan podido causar, señores -una falsa amabilidad se leía en sus palabras, mientras con un gesto se quitaba el sombrero que no llevaba y giraba sobre sus propios talones para encaminarse tras su tripulación al barco. No fue hasta que la figura desapareció de la vista que el jaleo y la pelea regresó al lugar y los guardias recobraron su autoridad en las calles de Londres.
    Pocos minutos después, Mena y Scully con el recién liberado Steal, se encontraron en el puerto.
    -Bien hecho, timonel -felicitó el capitán. El nuevo fichaje del Vengeance parecía no creer aún todo lo que había ocurrido.
    -¡Tripulación! -el grito del timonel fue respondido por los vítores de los grumetes, que habían sido recompensados por su esfuerzo con ron y vodka de la mejor calidad- ¡Preparad las provisiones para zarpar al amanecer!
    Las botas de Mena retumbaron en la madera y los marineros se acomodaron por toda la cubierta, aún charlando y riendo, celebrando lo que ni siquiera eran conscientes que habían hecho.
    Los candiles pronto iluminaron la cabina del capitán, que tendió un poco de pan y ginebra al recién rescatado, cuyos ojos parecían viajar de un lado a otro aleatoriamente  sin el menor atisbo de agradecimiento.
    -Será mejor que te escondas en la bodega hasta que abandonemos Londres -Scully tomó asiento, con un vaso de ginebra entre sus dedos juguetones y los pies sobre la mesa del camarote. El sombrero de tres picos adornado con encajes plateados y dorados encajaba a la perfección sobre el pelo de atardecer del capitán americano.
    -Capitán, Dickson ha resultado levemente herido, pero el resto ha sido un éxito -proclamó el timonel, tras saludar al recién llegado nada más entrar en el camarote.
    -Dele doble ración de ron y cúrele las heridas -el capitán parecía cansado y con una falta de vitalidad alarmantes, pero nadie se atrevió a comentar al respecto-. Y lleve a Steal a la bodega. Esperemos que cuando salgamos de Londres recupere el habla -acompañó sus últimas palabras con un trago de la bebida.
* * *
    La bodega del gran barco era fresca y húmeda, llena de barriles con bebidas alcohólicas y enormes sacos con comida imperecedera. La oscuridad apenas podía ser iluminada por el pequeño candil que Steal había conseguido mantener entre sus pertenencias a escondidas de los guardias, junto con una pequeña cantidad de la mejor grasa de ballena para avivar el fuego.
    La llama tembló ante el fuerte resoplido del ladrón escondido a salvo de las autoridades. No tenía la más remota idea de a qué clase de barco había ido a parar, de a donde huiría ni de qué haría a partir de entonces con su vida. Pero al menos seguía con vida y eso era más que suficiente.
    Las voces de los ebrios grumetes llegaban a sus oídos muy amortiguadas, y entre medios pensamientos y un débil tarareo rítmico y melodioso, improvisado por sus cuerdas vocales resecas, se acomodó entre sacos de patatas. Sus pesados párpados se cerraron como la gran piedra que obstruye la abertura de un profundo pozo y, a la luz del débil candil, el sueño quiso hacerse dueño de John Steal.
    Entre colores danzantes, figuras etéreas y recuerdos atormentados que invadían su mente en el sopor, un ruido que le pareció ensordecedor le trajo a la vida real de un hachazo. Se levantó apresurado, empuñando el candil, recordando que estaba absolutamente indefenso, buscando el origen del sonido. No podían haberle encontrado. El ruido se repitió y pudo percibir con claridad que provenía del interior de la bodega, concretamente del lado opuesto al que él se encontraba. El murmullo de los tres borrachos llegaba claro y alegre a sus oídos, interrumpidos por nuevos y cercanos murmullos desconocidos.
    -¿Quién anda ahí? -alzó el candil para iluminar el espacio frente a él.

11 Response to "El ladrón de Londres"

Elle Says:

Repitiendo comentario!!

Una visión de la ciudad de Londres muy curiosa! La historia de la criada y su señora promete ser muy interesante :) Estoy deseando que sigas, tu estilo es tan absorbente... n__n

Alexandra Buonarroti Says:

Oh, oh, oh, oh, oh!! Dios, qué emoción!! Un comentario!! Y de Elle!! *muere de la emoción*
Me alegro de que te guste, aunque no sé cuando estará el siguiente... Exámenes y demás mierdas...
No te imaginas la ilusión que me hace que me leas <3

Kaiya Kin Says:

MUAJAJA!!! Carlos Mena, a su servicio. Me encanta ese silencio abrumador, en cuanto la figura de Carlos Mena aparece por la plaza. Todos le temen. Todos saben el poder que lleva en su sangre. Todos le obedecen. MUAJAJAJA

Alexandra Buonarroti Says:

Menos el Captain, gilipichis, menos el Captain xD A mí me mola más que a pesar de eso, después se pone toh suavito con el Captain. Eso me mola más xD

Kaiya Kin Says:

Pero lo hace porque el capitán es el que pone el barco, que si no, ya lo habría tirado por la borda xD

Alexandra Buonarroti Says:

Español tenía que ser (?) Ya veremos cómo se las gasta el Captain, muajajá~! (?)

Manu Soap Says:

Muy bueno, se nota que es introductorio, pero genialisisimo, no cuesta nada de leer, se hace de forma fluida y fácil :D Espero con ganas el siguiente :3

Alexandra Buonarroti Says:

Gracias, me alegro que te guste. Aún me quedan personajes que introducir, esos grumetillos borrachines, que ya se darán a conocer mejor en el segundo capítulo. Espero poder tenerlo para el finde que viene ahora que lo tengo bocetado. Y muchas gracias por leer!!

uelman Says:

Muy buenas descripciones, uso de los complementos de nombre perfectos, climax inmejorable, historia aún por descubrir, pero lo que se ve da ganas de más... En resumen, que llegue ya la segunda parte xD

Alexandra Buonarroti Says:

Muchas gracias, primero por leer, y segundo por una crítica tan objetiva y constructiva. La segunda parte espero poder tenerla para el próximo fin de semana, y desvelará el pasado e intenciones de uno de los personajes principales, además de avanzar algo la trama e incluir a más personajes secundarios. De nuevo gracias, y espero que los próximos capítulos también te gusten :D

Juan Manuel Casellas Says:

Su gran dominio del idioma y de las situaciones reflejan un carácter minucioso capaz de ver en cada detalle su propia trama que luego engarza formando un todo coherente. El fondo negro también forma parte de la historia, del ambiente que quiere retratar: espeso, negro y miserable como se supone que deben ser los alrededores de la mar, como se supone que deben ser los puertos, sobre todo antaño, algo de eso queda aún. Así que como todo artista, supongo que habrá elegido la escritura por resultarle más afín, porque nada como la palabra es capaz de reflejar el yo, en definitiva es buena muy buena, y más importante que eso, algo que trasciende a eso: me gusta.

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